viernes, 4 de enero de 2019

No quiero despertar

¿Sabes esa sensación justo antes de despertarte en la que todo está borroso y como flotando, esos segundos en los que tus sentidos empiezan a despertar y a percibir todo lo que te rodea? Esos segundos son mágicos!
Lo primero que noto es un aroma irreconocible a lo lejos. Me llega una sensación dulce con un punto cítrico. Poco a poco se va definiendo el perfume del brioix que trae mi tía cada año… Y automáticamente invade mi paladar ese sabor tan característico! Aún con los ojos cerrados, llega a mis oídos una leve melodía. No la identifico al instante, pero es muy pegadiza y alegre. Hasta que caigo en la cuenta de que lo que suena de fondo es un villancico. Y justo en ese momento mi cabeza empieza a relacionarlo todo… ¡Hoy es el día! ¡¡Hoy es Nochebuena!!
E inconscientemente una sonrisa descontrolada se dibuja en mi rostro, de punta a punta. Pero, sin poder evitarlo, en milésimas de segundo, tal como llega… ¡Se va!
Mi cerebro se había despertado, pero el que acababa de despertar no era otro que mi corazón. Al cerebro puedes engañarlo, pero al corazón, no. Y a mi corazón le faltaban personas ese día… Le faltaba mi padre.
Sigo con los ojos cerrados, en el calor de mi habitación, intentando no pensar, intentando no sentir, cuando una lágrima resbala por mi mejilla. Es lenta, cálida y suave, pero duele. Duele lo que significa, y significa que él no está. Hoy habría cumplido 63 años, pero ya hace 7 que dejó de hacerlo. ¡Y eso nunca deja de doler! El dolor cambia con el tiempo, pero nunca desaparece. Y en parte, me alegro Porque le echo de menos… ¡Y no quiero dejar de echarlo de menos! ¡Olvidarlo sería el peor dolor del mundo para mi corazón!
Por eso mantengo mis ojos cerrados. ¡Aún no quiero despertar! Quiero pensar en que seguramente ahora mismo estaría con un trapo al hombro diciéndole a mi madre “Isa, la cocina es amor” mientras remueve la escudella para la cena de su cumpleaños. O quizás estaría refunfuñando “¿A qué hora piensa despertarse Sandra? ¡Hay que hacer el picadillo para el salmón!” Pienso en su voz… Y sonrío bajo esas lágrimas… Su tono risueño y su carácter exageradamente divertido y honesto me reconfortan. Y mis ojos vuelven a empañarse de lágrimas pensando que ojalá se me haya pegado una milésima parte de lo que él era. Y lloro… Lo recuerdo como si fuera ayer. Y esas lágrimas se calman y se transforman en una sonrisa al pensar en cómo vivió y cuánto nos amó.
No quiero despertar… Estoy en un lugar bonito junto a él. Casi puedo notar sus manos acariciando mi cara. Por eso aún no abro los ojos, me quedo un rato más con él. Es mi regalo de Navidad, ¡¡mi regalo de cumpleaños para él!!
Y me invade una paz y un calor adictivos. Mi corazón se relaja y me reconforta una sensación de suave calma. 
Hasta que ese villancico que sonaba de fondo se transforma en risas de niños y se mezcla con gritos... “¡¡Nanaaaa!! ¡Despierta! ¡¡Que hoy es Papa Noel!!” Y en ese justo momento, no puedo evitarlo, ¡he de abrir los ojos! Y, aunque deje atrás la sensación de tener a mi padre conmigo, abro los ojos y veo a mis sobrinos mirándome llenos de ilusión. No hay pena que esa sensación no pueda calmar. Así que dejo que me asalten esas pequeñas fieras a las que adoro y que transformen la tristeza en ilusión.
Porque la única pena mayor que la ilusión de un niño es no poder recordar a los que nos dejaron, doblegarse al dolor y olvidarlos… Por eso… ¡No pienso olvidarte papá! Porque aunque duela, ¡te quiero siempre conmigo! Y porque, juntos en mi corazón, seguiremos soñando y disfrutando de los ojos llenos de amor de tus nietos. Te conocerán y te querrán desde todo nuestro amor, desde el amor de los que tanto te echamos de menos.
¡Te queremos! ¡Felicidades papá!

Porque a todos nos falta alguien… Este es mi regalo, con todo mi amor, para los que no están. Y mi agradecimiento para los que siguen aquí luchando, compartiendo su sonrisa y acompañándonos cuando esta vida se pone cuesta arriba. Gracias.
¡Feliz Navidad a todos!


No hay comentarios:

Publicar un comentario