lunes, 24 de abril de 2017

La princesa que no quería ser princesa

Érase una vez una princesa que no quería ser princesa…

Desde pequeña sus padres, los reyes, la cuidaron y protegieron. La princesa vivió su infancia, su adolescencia y su camino hacia la mujer que hoy es, desde un precioso ventanal. Era brillante, limpio y tan transparente que a veces parecía que ni existía. Era una sensación extraña, tenerlo todo tan cerca y a la vez tan lejos… 
 
Desde el otro lado de la ventana podía ver todo lo que pasaba a su alrededor. Si se esforzaba un poco y se concentraba hasta en los más pequeños detalles, podía llegar a sentir todo lo que la rodeaba.
La princesa sentía el calor del sol en sus mejillas en los días cálidos que preceden al verano intenso. Y lo mismo con esa humedad que se reflejaba en forma de mil gotas chocando contra el cristal cuando el día se empañaba por la llegada del frío.

Ella lograba que todos esos sentimientos traspasaran esa ventana y alimentaran ese pequeño corazón que tenía encerrado en su pecho.
Cuando veía una madre correr tras su hijo que acababa de tropezar, la princesa podía sentir el susto repentino de esa madre y cómo el miedo la inundaba durante apenas unas décimas de segundo para luego dejar paso a una sensación de alivio y amor inmensos.
Si un grupo de amigos se reía sin control, la princesa podía notar cómo se le empezaba a dibujar una sonrisa cada vez mayor en el rostro, cómo ésta pasaba a risa nerviosa con sólo mirarles y luego a cosquilleo en el estómago unido a carcajadas que resonaban en todos los rincones de palacio.
Incluso al ver pasar una pareja de enamorados cogidos de la mano ante su ventanal, sin siquiera necesidad de ver gestos románticos ni miradas de complicidad entre ellos podía sentir el mismo amor sincero que sentían ellos. Sólo viendo esas dos manos entrelazadas a la perfección y cómo sus pasos se acompasaban convirtiéndose en uno, la princesa podía capturar esa misma intimidad que ellos sentían!

La princesa era feliz! Podía sentir un millón de emociones desde el otro lado del ventanal! Ese ventanal que la había protegido durante toda su vida le había acercado un millón de emociones! Cuando acababa el día podía haber sentido tristeza, amor, ternura, odio, admiración, enfado, alegría… Y eso la llenaba!
 
O lo hizo hasta que empezó a percibir que cuando acababa el día, además de todos esos sentimientos robados, lo que también sentía crecer en su interior eran envidia y deseo.. Envidia porque esos sentimientos fueran suyos, sólo suyos.. Y deseo! Deseo por no tener que robar sentimientos ajenos, por no tener que disponer de emociones de otros para alimentar su corazón, deseo por tener sentimientos propios!

La envidia, con el paso del tiempo, se fue convirtiendo en la reina de las emociones que invadía el corazón de la princesa. Le dolía sentir, pero más le dolía no hacerlo! Era imposible para ella ser una mujer fría cuando ya había sentido tanto, aunque fueran sentimientos de otros.. Así que la princesa tomó una decisión: no iba a ser princesa nunca más!! Iba a seguir mirando, pero mirando de verdad, desde el corazón. A través del mismo cristal, pero no con los mismos ojos. No con ojos de princesa, con ojos de mujer, puros y llenos de sentimiento… 

Y esa mirada no tardó en atravesar el fino cristal, en traspasar el eterno ventanal que la había protegido, atrayendo miradas que nunca se habían fijado en ella, que nunca habían reparado en su presencia tras la ventana. Y de entre todos esos ojos sorprendidos que la observaban atentos destacaron unos ojos que ya no consiguieron apartar la mirada de la ya no princesa. El brillo inocente de la joven atrapó al viento la mirada más viva que ella había visto jamás, captó esos ojos perdidos y los abrazó entre los suyos. La energía entre estos dos seres sin rumbo empezó a derretir el fino cristal hasta romper en pedacitos esa capa que había protegido a la princesa, que había protegido su corazón. Y no hicieron falta palabras, todos los sentimientos ajenos que ambos habían acumulado durante su vida encontraron un destinatario perfecto, un alma con la que compartir esos sentimientos conocidos y con la que crear otros nuevos. 

Y así fue como el dragón enamoró a la princesa, o como la princesa enamoró al dragón.. Ese único ser valiente que no temió al cristal que los separaba y lo hizo añicos para llegar al corazón de esa mujer que ya no quería ser princesa.