domingo, 6 de enero de 2019

Saltando de la mano

La niña de los ojos grandes miraba todo lo que ocurría a su alrededor sin dejar de sonreír. El parque estaba tan lleno de gente como de costumbre. Los niños corrían y gritaban inmunes al frío de mediados de diciembre. Sus risas descontroladas se mezclaban con las bocinas de los coches típicas de estas fechas en las que todo el mundo va más deprisa que sus propios pasos. Se oían de fondo los villancicos que se escapaban de los balcones rebosantes de adornos que rodeaban el parque. Y la niña de los ojos grandes miraba todo lo que ocurría a su alrededor sin dejar de sonreír. 
¡Todos los niños saltaban sin parar! Unos más cerca, otros más lejos, alguno a saltitos pequeños, con más o menos dificultad, pero todos saltaban! Y ella, día tras día, los observaba en silencio sin dejar nunca de sonreír, estudiando con detalle sus movimientos, pero sin conseguir comprender cómo cogían fuerza y mantenían el equilibrio allí arriba. Algunas veces los miraba y sentía algo de envidia, pero por suerte ahí estaba siempre su incansable sonrisa, su arma secreta, para transformar la envidia en admiración, y esa admiración en ilusión por conseguir dar el tan deseado salto.
Así que gracias a esa sonrisa, día tras día, la niña de ojos grandes luchaba contra sus miedos y volvía a acercarse al borde para intentar saltar.
Uno de esos días fríos de diciembre, se agarró a su sonrisa con fuerza, buscó la ilusión que siempre iba con ella y se acercó muy despacio al borde. Dando pasitos pequeños llegó justo al extremo del saliente. Las puntas de sus pies ya estaban ligeramente suspendidas en el aire. Cerró los ojos y se concentró en las risas y en los villancicos que sonaban a lo lejos. Estaba lista, sólo había que saltar! Así que cogió aire, sonrió.. Y  justo en el instante en que iba a saltar, la niña de ojos grandes sintió una mano cálida y fuerte rodeando la suya. Y oyó una voz suave que le decía.. “Tú ya sabes volar!! Salta! No te soltaré!” Y la niña, invadida por una dulce sensación de protección, obedeció a esa voz cálida y acogedora, y se dejó llevar. La niña de los ojos grandes saltó, saltó tan alto que parecía que volara! Abrió los ojos y vio el suelo bajo sus pies y se sintió más libre y ligera que nunca.
 Pero no estaba sola, el niño de las manos fuertes y con la sonrisa tan contagiosa y radiante como la suya estaba a su lado, saltando tan alto como ella. Y cuando los niños quisieron darse cuenta vieron que no estaban saltando, estaban volando!! Sonreían y volaban juntos dándose el uno al otro la fuerza que separados les faltaba.
La niña de los ojos grandes y el niño de las manos fuertes no dejaron nunca de volar! Y cada año, cuando se acercaban las Navidades, volvían a ese parque a envolverse de la magia que les recordaba que sólo necesitaban sentirse acompañados y protegidos para dar el salto, que en la vida sólo tenían que confiar y dar confianza al otro para lanzarse. Y de que la Navidad reunía toda esa energía maravillosa que encendía esa chispa que todos necesitamos para saltar. 
Porque la niña de los ojos grandes no sabía volar. Fue el niño de las manos fuertes quien la cogió y le enseñó a ver el mundo desde las nubes.


viernes, 4 de enero de 2019

No quiero despertar

¿Sabes esa sensación justo antes de despertarte en la que todo está borroso y como flotando, esos segundos en los que tus sentidos empiezan a despertar y a percibir todo lo que te rodea? Esos segundos son mágicos!
Lo primero que noto es un aroma irreconocible a lo lejos. Me llega una sensación dulce con un punto cítrico. Poco a poco se va definiendo el perfume del brioix que trae mi tía cada año… Y automáticamente invade mi paladar ese sabor tan característico! Aún con los ojos cerrados, llega a mis oídos una leve melodía. No la identifico al instante, pero es muy pegadiza y alegre. Hasta que caigo en la cuenta de que lo que suena de fondo es un villancico. Y justo en ese momento mi cabeza empieza a relacionarlo todo… ¡Hoy es el día! ¡¡Hoy es Nochebuena!!
E inconscientemente una sonrisa descontrolada se dibuja en mi rostro, de punta a punta. Pero, sin poder evitarlo, en milésimas de segundo, tal como llega… ¡Se va!
Mi cerebro se había despertado, pero el que acababa de despertar no era otro que mi corazón. Al cerebro puedes engañarlo, pero al corazón, no. Y a mi corazón le faltaban personas ese día… Le faltaba mi padre.
Sigo con los ojos cerrados, en el calor de mi habitación, intentando no pensar, intentando no sentir, cuando una lágrima resbala por mi mejilla. Es lenta, cálida y suave, pero duele. Duele lo que significa, y significa que él no está. Hoy habría cumplido 63 años, pero ya hace 7 que dejó de hacerlo. ¡Y eso nunca deja de doler! El dolor cambia con el tiempo, pero nunca desaparece. Y en parte, me alegro Porque le echo de menos… ¡Y no quiero dejar de echarlo de menos! ¡Olvidarlo sería el peor dolor del mundo para mi corazón!
Por eso mantengo mis ojos cerrados. ¡Aún no quiero despertar! Quiero pensar en que seguramente ahora mismo estaría con un trapo al hombro diciéndole a mi madre “Isa, la cocina es amor” mientras remueve la escudella para la cena de su cumpleaños. O quizás estaría refunfuñando “¿A qué hora piensa despertarse Sandra? ¡Hay que hacer el picadillo para el salmón!” Pienso en su voz… Y sonrío bajo esas lágrimas… Su tono risueño y su carácter exageradamente divertido y honesto me reconfortan. Y mis ojos vuelven a empañarse de lágrimas pensando que ojalá se me haya pegado una milésima parte de lo que él era. Y lloro… Lo recuerdo como si fuera ayer. Y esas lágrimas se calman y se transforman en una sonrisa al pensar en cómo vivió y cuánto nos amó.
No quiero despertar… Estoy en un lugar bonito junto a él. Casi puedo notar sus manos acariciando mi cara. Por eso aún no abro los ojos, me quedo un rato más con él. Es mi regalo de Navidad, ¡¡mi regalo de cumpleaños para él!!
Y me invade una paz y un calor adictivos. Mi corazón se relaja y me reconforta una sensación de suave calma. 
Hasta que ese villancico que sonaba de fondo se transforma en risas de niños y se mezcla con gritos... “¡¡Nanaaaa!! ¡Despierta! ¡¡Que hoy es Papa Noel!!” Y en ese justo momento, no puedo evitarlo, ¡he de abrir los ojos! Y, aunque deje atrás la sensación de tener a mi padre conmigo, abro los ojos y veo a mis sobrinos mirándome llenos de ilusión. No hay pena que esa sensación no pueda calmar. Así que dejo que me asalten esas pequeñas fieras a las que adoro y que transformen la tristeza en ilusión.
Porque la única pena mayor que la ilusión de un niño es no poder recordar a los que nos dejaron, doblegarse al dolor y olvidarlos… Por eso… ¡No pienso olvidarte papá! Porque aunque duela, ¡te quiero siempre conmigo! Y porque, juntos en mi corazón, seguiremos soñando y disfrutando de los ojos llenos de amor de tus nietos. Te conocerán y te querrán desde todo nuestro amor, desde el amor de los que tanto te echamos de menos.
¡Te queremos! ¡Felicidades papá!

Porque a todos nos falta alguien… Este es mi regalo, con todo mi amor, para los que no están. Y mi agradecimiento para los que siguen aquí luchando, compartiendo su sonrisa y acompañándonos cuando esta vida se pone cuesta arriba. Gracias.
¡Feliz Navidad a todos!