La niña de los ojos grandes miraba todo lo que ocurría a su alrededor sin dejar de sonreír. El parque estaba tan lleno de gente como de costumbre. Los niños corrían y gritaban inmunes al frío de mediados de diciembre. Sus risas descontroladas se mezclaban con las bocinas de los coches típicas de estas fechas en las que todo el mundo va más deprisa que sus propios pasos. Se oían de fondo los villancicos que se escapaban de los balcones rebosantes de adornos que rodeaban el parque. Y la niña de los ojos grandes miraba todo lo que ocurría a su alrededor sin dejar de sonreír.
¡Todos los niños saltaban sin parar! Unos más cerca, otros más lejos, alguno a saltitos pequeños, con más o menos dificultad, pero todos saltaban! Y ella, día tras día, los observaba en silencio sin dejar nunca de sonreír, estudiando con detalle sus movimientos, pero sin conseguir comprender cómo cogían fuerza y mantenían el equilibrio allí arriba. Algunas veces los miraba y sentía algo de envidia, pero por suerte ahí estaba siempre su incansable sonrisa, su arma secreta, para transformar la envidia en admiración, y esa admiración en ilusión por conseguir dar el tan deseado salto.
Así que gracias a esa sonrisa, día tras día, la niña de ojos grandes luchaba contra sus miedos y volvía a acercarse al borde para intentar saltar.
Uno de esos días fríos de diciembre, se agarró a su sonrisa con fuerza, buscó la ilusión que siempre iba con ella y se acercó muy despacio al borde. Dando pasitos pequeños llegó justo al extremo del saliente. Las puntas de sus pies ya estaban ligeramente suspendidas en el aire. Cerró los ojos y se concentró en las risas y en los villancicos que sonaban a lo lejos. Estaba lista, sólo había que saltar! Así que cogió aire, sonrió.. Y justo en el instante en que iba a saltar, la niña de ojos grandes sintió una mano cálida y fuerte rodeando la suya. Y oyó una voz suave que le decía.. “Tú ya sabes volar!! Salta! No te soltaré!” Y la niña, invadida por una dulce sensación de protección, obedeció a esa voz cálida y acogedora, y se dejó llevar. La niña de los ojos grandes saltó, saltó tan alto que parecía que volara! Abrió los ojos y vio el suelo bajo sus pies y se sintió más libre y ligera que nunca.
Pero no estaba sola, el niño de las manos fuertes y con la sonrisa tan contagiosa y radiante como la suya estaba a su lado, saltando tan alto como ella. Y cuando los niños quisieron darse cuenta vieron que no estaban saltando, estaban volando!! Sonreían y volaban juntos dándose el uno al otro la fuerza que separados les faltaba.
La niña de los ojos grandes y el niño de las manos fuertes no dejaron nunca de volar! Y cada año, cuando se acercaban las Navidades, volvían a ese parque a envolverse de la magia que les recordaba que sólo necesitaban sentirse acompañados y protegidos para dar el salto, que en la vida sólo tenían que confiar y dar confianza al otro para lanzarse. Y de que la Navidad reunía toda esa energía maravillosa que encendía esa chispa que todos necesitamos para saltar.
Porque la niña de los ojos grandes no sabía volar. Fue el niño de las manos fuertes quien la cogió y le enseñó a ver el mundo desde las nubes.

