jueves, 21 de abril de 2016

Las reglas del juego

Érase una vez una niña que soñaba con crear. Pasaba los días pensando en pintar el mar, en escribir mil aventuras, en darle alma a un espacio frío.. En convertir algo simple y aburrido en algo diferente y lleno de vida! Ese era su sueño!

Rodeada de mil ideas que danzaban sin parar en su cabeza empezó a crear su propia aventura. Vivía la vida como un juego, como la viven los niños puros, esos niños llenos de ilusión que aún no conocen el mal. El juego empezó bien, los juegos siempre empiezan bien! La verdad es que no se podía quejar porque la suerte le había sonreído con una buena mano, tenía cartas ganadoras! O al menos.. No creía que fuera a perder.. Disfrutaba jugando mucho más que ganando.. Así que el juego se convirtió en su ilusión. Sobre él vertía sus mil ideas, sus ganas de crear, sus deseos por hacer algo bueno y su esperanza por ayudar a otros con cartas peores en la vida. No era una niña perfecta, pero no conocía el mal. Y eso la convertía en alguien especial.. Pero también en alguien muy delicado y vulnerable.. Y eso no es bueno cuando no juegas solo..

Enlazaba una partida con otra. Y todas las iniciaba llena de ilusión y fuerza.. Incluso cuando le tocaron malas cartas siguió luchando por cambiar esa baraja, por darle la vuelta a una mala racha y esperar que el azar cambiara otra vez.. Pero el destino tiene esa mezcla de misterio y sorpresa que lo hacen imprevisible.. Así que el juego se convirtió en la partida más difícil de su vida. La niña estaba dispuesta a jugar, a luchar contra el destino travieso y a pelear con todas las armas que entraban en las reglas del juego. Pero lo que nunca hubiera esperado es que el resto de jugadores usara otras armas. El día en que se dio cuenta de que la ética, la justicia, la sinceridad, la honestidad y el respeto no formaban parte de las herramientas de sus contrincantes, fue el día en que creció. La dulce e inocente niña se dio cuenta de que había saltado del juego a la vida y que en la vida ni sus rivales ni sus artes para vencer eran las que permitían las reglas. Enfrentarse a personas inmorales, codiciosas, egoístas o simplemente vacías de valores hizo que esa niña creciera más deprisa de lo normal. Perdió esa inocencia tan dulce y se convirtió en una mujer fuerte y valiente.

Perdió la partida. Ganaron los malos. El juego cambió, la cambió. Pero nunca dejó de jugar. No fue su única batalla, tuvo que enfrentarse a adversarios deshonestos en muchas más ocasiones, pero nunca se dio por vencida. La esperanza y la fe en la bondad de la vida, en el bien, le dieron fuerzas para enfrentarse a esos malos. Y la convicción que te da el saber que nunca te has saltado las reglas y que juegas limpio la hicieron crecer sin perder la ilusión.

Me hicieron crecer sin perder la sonrisa.