martes, 23 de abril de 2019

Todos somos el sol de alguien

El día no acompaña.. De hecho, este día nunca acompaña.. Cada año, desde hace ya 9 años, me subo al mismo autobús con la esperanza de mantenerte cerca, de sentirte aún aquí.. Y cada año bajo de ese autobús agotada y aún más cargada de pena de la que arrastraba al subir.

Siento el frío en mi cara, el día no acompaña. Pero espero, como cada año, que hoy sea diferente, espero con todas las ganas que este sea mi autobús.


Me paro frente a la parada. Y vuelvo a mirar al cielo buscando esa luz que hace años que se apagó. Pero ni esa luz ni el sol que prometió salir incondicionalmente cada día están allí arriba. Vuelvo a levantar la vista desesperadamente en busca de un pequeño rayo de ese sol, pero siento que está igual de escondido de lo que me siento yo. Y no le culpo.. No es fácil salir a enfrentarse al día sin saber lo que te va a acompañar ni todo lo que te va a faltar. Pero cuando eres el sol hay tantas cosas que dependen de ti, que orbitan a tu son, que no puedes permitirte el lujo de ocultarte tras una nube. Cuando eres el sol has de salir con fuerza y dar esa energía a todos esos satélites que dependen de ti, aunque tengas que cerrar los ojos con dureza para concentrarte en lo que ellos necesitan y olvidar lo que necesitas tú.


El ruido del autobús me devuelve a la realidad, a mi realidad. Se detiene delante de mi lanzándome un soplo de aire frío a la cara que me ayuda a centrarme en lo que viene ahora, esa realidad que desde hace ya 9 años cada 19 de marzo intento cambiar, esa a la que intento devolver la luz del desparecido sol. Así que este año subo los altos escalones con más empeño si cabe que el año anterior. Porque la ilusión de recuperarte, de sentirte ni que sea una mínima parte de lo que eras, es suficiente para agarrarme con fuerza a la barandilla y emprender mi viaje. Me dejo caer en el asiento observando concentrada el exterior. Es curioso que desde fuera no sea capaz de verlo, que tenga que estar la protección del cristal para poder abrir bien los ojos y recorrer una vez más ese camino. Y desde allí comienzo ese viaje que tantas veces hiciste con la esperanza de sentirte, de acompañarte. O mejor dicho, de que me acompañes tú a mi, porque desde que me dejaste, la soledad me impide andar sin miedo, vuelvo a sentirme esa niña que necesitaba tu mano, vuelvo a necesitarte para dar cada paso, cada giro. Menos en este autobús. Desde este autobús siento por un instante que estoy a tu lado compartiendo contigo esos minutos que se me hacen efímeros por ser un recuerdo tan lejano.. Veo tu mano sujetándome fuerte para evitar que me caiga al frenar, noto esa mirada de preocupación sobre mi mochila que duda si llevo el desayuno, siento el calor de ese abrazo con el que me despedías cada mañana al llegar a mi parada.. En este autobús te siento más cerca, escondido en algún lugar pero presente con fuerza para mi.


Y ensimismada en ese momento cargado de nostalgia y tristeza, poso mis ojos en ti. Cuánto tiempo llevas aquí? Cuánto hace que estás a mi lado, que me acompañas en silencio sin dejarme sola? Tu mirada me atrae hacia ti con fuerza y me quedo atrapada en esos ojos que me gritan que no estoy sola, que me quieren y me necesitan. Y no puedo dejar de mirarte, no puedo dejar de sentir que no sólo yo dependo de esos ojos, sino que ellos también dependen de mi, como si estuviéramos los dos atados por una cuerda invisible que nos une y nos guía por el mismo camino, que nos hace estar siempre unidos caminando juntos vayamos por donde vayamos.


Como los planetas que orbitan alrededor del sol, que están unidos por una fuerza inexplicable que les hace mantener el camino, que evita que se pierdan cuando la vida te manda por lugares que no deseas cruzar.. Como esos planetas somos tú y yo, que me haces sentir que el amor que tanto anhelo de la persona que perdí, de mi padre, y de la que perdiste, de tu padre, no está atrapada en este autobús, está en esa fuerza que veo en tus ojos, en todos esos recuerdos que tenemos que contarnos cada día para que dejen de serlo, para que sean momentos cargados de sensaciones y no sensaciones cargadas de olvido. Porque mientras tengamos esos recuerdos, mantendremos todo ese amor puro en nuestros corazones.


Así que, con lágrimas en los ojos, suelto la mano irreal de mi padre y cojo con fuerza la tuya para compartir junto a ti todo el amor que sentimos por los que ya no están, por los que se escondieron detrás de las nubes demasiado pronto, pero que juntos haremos resplandecer día tras día. Porque nos hicieron flotar a su alrededor, orbitar como pequeños satélites sostenidos a ellos sólo por su fuerza y su amor.. Porque ellos eran sol, ese sol que te ilumina y te llena de energía sin esperar nada a cambio.. Igual que ahora tú me guías a mi, sin soltar mi mano pase lo que pase, venga lo que venga.. Tú eres ahora mi sol. Espero ser yo algún día también ese sol para ti.


No te escondas detrás de las nubes, yo tampoco lo haré. Porque te necesito, todos necesitamos a alguien, TODOS SOMOS EL SOL DE ALGUIEN.





domingo, 6 de enero de 2019

Saltando de la mano

La niña de los ojos grandes miraba todo lo que ocurría a su alrededor sin dejar de sonreír. El parque estaba tan lleno de gente como de costumbre. Los niños corrían y gritaban inmunes al frío de mediados de diciembre. Sus risas descontroladas se mezclaban con las bocinas de los coches típicas de estas fechas en las que todo el mundo va más deprisa que sus propios pasos. Se oían de fondo los villancicos que se escapaban de los balcones rebosantes de adornos que rodeaban el parque. Y la niña de los ojos grandes miraba todo lo que ocurría a su alrededor sin dejar de sonreír. 
¡Todos los niños saltaban sin parar! Unos más cerca, otros más lejos, alguno a saltitos pequeños, con más o menos dificultad, pero todos saltaban! Y ella, día tras día, los observaba en silencio sin dejar nunca de sonreír, estudiando con detalle sus movimientos, pero sin conseguir comprender cómo cogían fuerza y mantenían el equilibrio allí arriba. Algunas veces los miraba y sentía algo de envidia, pero por suerte ahí estaba siempre su incansable sonrisa, su arma secreta, para transformar la envidia en admiración, y esa admiración en ilusión por conseguir dar el tan deseado salto.
Así que gracias a esa sonrisa, día tras día, la niña de ojos grandes luchaba contra sus miedos y volvía a acercarse al borde para intentar saltar.
Uno de esos días fríos de diciembre, se agarró a su sonrisa con fuerza, buscó la ilusión que siempre iba con ella y se acercó muy despacio al borde. Dando pasitos pequeños llegó justo al extremo del saliente. Las puntas de sus pies ya estaban ligeramente suspendidas en el aire. Cerró los ojos y se concentró en las risas y en los villancicos que sonaban a lo lejos. Estaba lista, sólo había que saltar! Así que cogió aire, sonrió.. Y  justo en el instante en que iba a saltar, la niña de ojos grandes sintió una mano cálida y fuerte rodeando la suya. Y oyó una voz suave que le decía.. “Tú ya sabes volar!! Salta! No te soltaré!” Y la niña, invadida por una dulce sensación de protección, obedeció a esa voz cálida y acogedora, y se dejó llevar. La niña de los ojos grandes saltó, saltó tan alto que parecía que volara! Abrió los ojos y vio el suelo bajo sus pies y se sintió más libre y ligera que nunca.
 Pero no estaba sola, el niño de las manos fuertes y con la sonrisa tan contagiosa y radiante como la suya estaba a su lado, saltando tan alto como ella. Y cuando los niños quisieron darse cuenta vieron que no estaban saltando, estaban volando!! Sonreían y volaban juntos dándose el uno al otro la fuerza que separados les faltaba.
La niña de los ojos grandes y el niño de las manos fuertes no dejaron nunca de volar! Y cada año, cuando se acercaban las Navidades, volvían a ese parque a envolverse de la magia que les recordaba que sólo necesitaban sentirse acompañados y protegidos para dar el salto, que en la vida sólo tenían que confiar y dar confianza al otro para lanzarse. Y de que la Navidad reunía toda esa energía maravillosa que encendía esa chispa que todos necesitamos para saltar. 
Porque la niña de los ojos grandes no sabía volar. Fue el niño de las manos fuertes quien la cogió y le enseñó a ver el mundo desde las nubes.


viernes, 4 de enero de 2019

No quiero despertar

¿Sabes esa sensación justo antes de despertarte en la que todo está borroso y como flotando, esos segundos en los que tus sentidos empiezan a despertar y a percibir todo lo que te rodea? Esos segundos son mágicos!
Lo primero que noto es un aroma irreconocible a lo lejos. Me llega una sensación dulce con un punto cítrico. Poco a poco se va definiendo el perfume del brioix que trae mi tía cada año… Y automáticamente invade mi paladar ese sabor tan característico! Aún con los ojos cerrados, llega a mis oídos una leve melodía. No la identifico al instante, pero es muy pegadiza y alegre. Hasta que caigo en la cuenta de que lo que suena de fondo es un villancico. Y justo en ese momento mi cabeza empieza a relacionarlo todo… ¡Hoy es el día! ¡¡Hoy es Nochebuena!!
E inconscientemente una sonrisa descontrolada se dibuja en mi rostro, de punta a punta. Pero, sin poder evitarlo, en milésimas de segundo, tal como llega… ¡Se va!
Mi cerebro se había despertado, pero el que acababa de despertar no era otro que mi corazón. Al cerebro puedes engañarlo, pero al corazón, no. Y a mi corazón le faltaban personas ese día… Le faltaba mi padre.
Sigo con los ojos cerrados, en el calor de mi habitación, intentando no pensar, intentando no sentir, cuando una lágrima resbala por mi mejilla. Es lenta, cálida y suave, pero duele. Duele lo que significa, y significa que él no está. Hoy habría cumplido 63 años, pero ya hace 7 que dejó de hacerlo. ¡Y eso nunca deja de doler! El dolor cambia con el tiempo, pero nunca desaparece. Y en parte, me alegro Porque le echo de menos… ¡Y no quiero dejar de echarlo de menos! ¡Olvidarlo sería el peor dolor del mundo para mi corazón!
Por eso mantengo mis ojos cerrados. ¡Aún no quiero despertar! Quiero pensar en que seguramente ahora mismo estaría con un trapo al hombro diciéndole a mi madre “Isa, la cocina es amor” mientras remueve la escudella para la cena de su cumpleaños. O quizás estaría refunfuñando “¿A qué hora piensa despertarse Sandra? ¡Hay que hacer el picadillo para el salmón!” Pienso en su voz… Y sonrío bajo esas lágrimas… Su tono risueño y su carácter exageradamente divertido y honesto me reconfortan. Y mis ojos vuelven a empañarse de lágrimas pensando que ojalá se me haya pegado una milésima parte de lo que él era. Y lloro… Lo recuerdo como si fuera ayer. Y esas lágrimas se calman y se transforman en una sonrisa al pensar en cómo vivió y cuánto nos amó.
No quiero despertar… Estoy en un lugar bonito junto a él. Casi puedo notar sus manos acariciando mi cara. Por eso aún no abro los ojos, me quedo un rato más con él. Es mi regalo de Navidad, ¡¡mi regalo de cumpleaños para él!!
Y me invade una paz y un calor adictivos. Mi corazón se relaja y me reconforta una sensación de suave calma. 
Hasta que ese villancico que sonaba de fondo se transforma en risas de niños y se mezcla con gritos... “¡¡Nanaaaa!! ¡Despierta! ¡¡Que hoy es Papa Noel!!” Y en ese justo momento, no puedo evitarlo, ¡he de abrir los ojos! Y, aunque deje atrás la sensación de tener a mi padre conmigo, abro los ojos y veo a mis sobrinos mirándome llenos de ilusión. No hay pena que esa sensación no pueda calmar. Así que dejo que me asalten esas pequeñas fieras a las que adoro y que transformen la tristeza en ilusión.
Porque la única pena mayor que la ilusión de un niño es no poder recordar a los que nos dejaron, doblegarse al dolor y olvidarlos… Por eso… ¡No pienso olvidarte papá! Porque aunque duela, ¡te quiero siempre conmigo! Y porque, juntos en mi corazón, seguiremos soñando y disfrutando de los ojos llenos de amor de tus nietos. Te conocerán y te querrán desde todo nuestro amor, desde el amor de los que tanto te echamos de menos.
¡Te queremos! ¡Felicidades papá!

Porque a todos nos falta alguien… Este es mi regalo, con todo mi amor, para los que no están. Y mi agradecimiento para los que siguen aquí luchando, compartiendo su sonrisa y acompañándonos cuando esta vida se pone cuesta arriba. Gracias.
¡Feliz Navidad a todos!


sábado, 5 de mayo de 2018

Hugo el superhéroe

Hugo parecía un niño normal… Jugaba con sus amigos en el cole, le encantaba saltar con papá muy alto como para tocar las nubes, ayudaba a mamá en casa poniendo la mesa y escogiendo sus vasos preferidos, un día el de los minions, otro el de los cars, cada día uno especial como para beberse el mundo! Aunque… También “desayudaba” un poco a mamá cuando sacaba todos los juguetes del armario para jugar dos minutos con ése que estaba justo al final de todo, pero que le encantaba! Vamos… ¡Las cosas que hace un niño normal! O eso es lo que pensaban todos… Porque nadie podía imaginar que ese niño divertido, alegre, creativo y un poco revoltoso escondía también un héroe valiente con un montón superpoderes.

Así que, cuando llegaba sobretodo el fin de semana, el pequeño Hugo se ponía frente al espejo, se miraba fijamente a esos ojos azules como el mar, se ataba al cuello su capa roja, invisible para todos los demás, pero deslumbrante para él, respiraba hondo como cogiendo fuerzas y cargándose con toda la energía del mundo y salía a llevar a cabo su misión! ¡¡Su única misión!! Y no era una misión fácil, pero cuando tienes un superpoder, y Hugo no tenía uno, sino muchos, tienes también una responsabilidad. Y él lo sabía… 

Ese sábado Hugo se despertó más cansado de lo normal… Algún ruido le había despertado a media noche y le había costado dormirse de nuevo. Y como nos pasa también a veces a los mayores, no tenía muchas ganas de ponerse la capa. ¿Qué podía pasar? Por un día que descansara de ser un superhéroe con un montón de poderes quizás no pasaría nada, no?

Pero justo en ese momento, en el momento en que iba a abandonar por un día su importante misión, escuchó llorar a su hermana en el salón y se acordó de por qué era tan especial su labor. Hugo se puso rápidamente su capa imaginaria, la máscara con su mayor sonrisa y salió corriendo a ejercer sus superpoderes!! 
Primero optó por el superpoder pintacaras! Y salió de la habitación cargado con sus armas de pintacaras derecho a cumplir su misión... 

Inés, ¿por qué lloras? ¿Quieres que te dibuje una estrellita en el moflete? Te la voy a pintar de color amarillo y suavecito... ¡Te quedará preciosa! ¡Ya lo verás!

Y su superpoder funcionó. Inés dejó de llorar y acercó su moflete para que su hermano le dibujara una estrella grande y llena de luz.
Pero al poco rato, Inés se sintió cansada… Esa noche la epilepsia no la había dejado dormir bien. Había tenido un sueño agitado por la medicación y ahora sólo quería estirarse y descansar viendo dibus en el sofá.. Pero eso sería si Hugo no tuviera superpoderes! Así que Hugo cogió las herramientas para el superpoder cantante y comenzó a cantarle todas las canciones de Frozen que ella tanto adoraba. ¡Y volvió a funcionar! Inés seguía cansada, pero feliz cantando “¡Libre soooooooooy! ¡Libre sooooy!” y el pequeño Hugo se tomó un merecido descanso tras otra de sus victorias.

La tarde fue un poco más tranquila. Inés había hecho una siesta larga, como cada día desde que empezó todo, y se despertó animada. Estuvo jugando con sus muñecas. Conni le exigía mucha atención, ya que era la muñeca más llorona de todas las que tenía...

Así que Hugo pudo disfrutar un poco de una tarde con sus amigos jugando hasta quedarse agotados. Y, aunque pudo sacarse un rato la capa imaginaria de superhéroe, tuvo que explicarle a su amigo Gabriel qué era la epilepsia. Casi ni él entendía muy bien la enfermedad de Inés, pero le explicó con calma que ella estaba malita y que creía que la epilepsia la tenía en la espalda, pero que no estaba seguro… Era complicado también para los mayores y Hugo lo sabía… Así que no preguntaba mucho, sólo observaba y se centraba en la misión.

Porque si no pensaba en su misión, se ponía a pensar en que él también quería recibir toda la atención de mamá, también quería que papá le subiera a sus hombros camino a casa, que abu hiciera manualidades con él en vez de ayudar a Inés a cambiarle el pañal a Conni… Y cuanto más pensaba en ello, más triste se ponía… Empezaba a olvidársele su misión y sus superpoderes… Ya no le importaba lo bien que lo pasó siendo un superhéroe aquella vez que usó el superpoder futbolista y jugaron a chutes durante horas… Ni cuando se puso la capa para el superpoder pirata y estuvieron surcando los mares y viviendo mil aventuras… O aquella vez que tuvo que recurrir al superpoder detective para dejar que Inés se escondiera por todos los rincones de casa hasta encontrarla, casi siempre porque la peque no aguantaba sin hacer ruido y así acababa pillándola…

En todo eso seguía pensando nuestro superhéroe Hugo, cuando escuchó a lo lejos una vocecita que le llamaba. La voz cada vez se hacía más fuerte y no dejaba de gritar su nombre. Hugo consiguió entender entre los gritos “¡Hugoooo! ¡Sólo quiero con Hugoooo! ¡No me dormiré si no es con Hugoooooooo! ¡Quiero que me lea un cuentooooo!” Los gritos iban subiendo cada vez de tono, hasta que vio entrar a mamá por la puerta de su habitación con cara suplicante… Y él lo entendió! ¡¡Tenía que ponerse la capa!! 

Y, equipado con su superpoder cuentacuentos se dirigió a la habitación de Inés. Estaba dispuesto a leerle uno rapidito, probablemente Los tres cerditos, ya que a la peque de 4 años le encantaba ver cómo Hugo soplaba muy fuerte haciendo de lobo. Pero cuando se acercó a su camita y vio sus ojos azules mirándolo con una intensa admiración supo cuál era su verdadera misión. Y en ese instante, justo cuando Inés se lanzó a sus brazos con todo su amor incondicional, tuvo claro cuál era su auténtico superpoder, el más importante de todos los que nuestro pequeño superhéroe tenía. ¡¡Era el superpoder de hermano mayor!! Y por más que al crecer el resto de superpoderes fuera desapareciendo, ¡ese nunca se iría! Porque él siempre sería un superhéroe para Inés, siempre sería su protector, su amigo, su consejero, su héroe... ¡Su hermano! 

Y así fue como Hugo, gracias a ese abrazo lleno de amor y de complicidad entre hermanos, volvió a creer en su misión y prometió no abandonarla nunca más. Porque aunque hubiera momentos difíciles, que los habría, él tenía los superpoderes necesarios para cumplir su misión. Y, lo que era más importante, no estaba solo. Mamá y papá cuidarían de ellos. Porque hasta los superhéroes necesitan a veces mimos y abrazos, porque sus superpoderes crecen con el amor. Así que Hugo no tenía de qué preocuparse porque tenía el amor de todos. Pero, sobretodo, sentía el cariño y la adoración que le profesaba su hermana y esa fuerza era la que más hacía crecer sus superpoderes para ser el mejor hermano mayor del mundo de los héroes.

Y colorín colorado..

El cuento de Hugo El Superhéroe sólo ha empezado..




lunes, 24 de abril de 2017

La princesa que no quería ser princesa

Érase una vez una princesa que no quería ser princesa…

Desde pequeña sus padres, los reyes, la cuidaron y protegieron. La princesa vivió su infancia, su adolescencia y su camino hacia la mujer que hoy es, desde un precioso ventanal. Era brillante, limpio y tan transparente que a veces parecía que ni existía. Era una sensación extraña, tenerlo todo tan cerca y a la vez tan lejos… 
 
Desde el otro lado de la ventana podía ver todo lo que pasaba a su alrededor. Si se esforzaba un poco y se concentraba hasta en los más pequeños detalles, podía llegar a sentir todo lo que la rodeaba.
La princesa sentía el calor del sol en sus mejillas en los días cálidos que preceden al verano intenso. Y lo mismo con esa humedad que se reflejaba en forma de mil gotas chocando contra el cristal cuando el día se empañaba por la llegada del frío.

Ella lograba que todos esos sentimientos traspasaran esa ventana y alimentaran ese pequeño corazón que tenía encerrado en su pecho.
Cuando veía una madre correr tras su hijo que acababa de tropezar, la princesa podía sentir el susto repentino de esa madre y cómo el miedo la inundaba durante apenas unas décimas de segundo para luego dejar paso a una sensación de alivio y amor inmensos.
Si un grupo de amigos se reía sin control, la princesa podía notar cómo se le empezaba a dibujar una sonrisa cada vez mayor en el rostro, cómo ésta pasaba a risa nerviosa con sólo mirarles y luego a cosquilleo en el estómago unido a carcajadas que resonaban en todos los rincones de palacio.
Incluso al ver pasar una pareja de enamorados cogidos de la mano ante su ventanal, sin siquiera necesidad de ver gestos románticos ni miradas de complicidad entre ellos podía sentir el mismo amor sincero que sentían ellos. Sólo viendo esas dos manos entrelazadas a la perfección y cómo sus pasos se acompasaban convirtiéndose en uno, la princesa podía capturar esa misma intimidad que ellos sentían!

La princesa era feliz! Podía sentir un millón de emociones desde el otro lado del ventanal! Ese ventanal que la había protegido durante toda su vida le había acercado un millón de emociones! Cuando acababa el día podía haber sentido tristeza, amor, ternura, odio, admiración, enfado, alegría… Y eso la llenaba!
 
O lo hizo hasta que empezó a percibir que cuando acababa el día, además de todos esos sentimientos robados, lo que también sentía crecer en su interior eran envidia y deseo.. Envidia porque esos sentimientos fueran suyos, sólo suyos.. Y deseo! Deseo por no tener que robar sentimientos ajenos, por no tener que disponer de emociones de otros para alimentar su corazón, deseo por tener sentimientos propios!

La envidia, con el paso del tiempo, se fue convirtiendo en la reina de las emociones que invadía el corazón de la princesa. Le dolía sentir, pero más le dolía no hacerlo! Era imposible para ella ser una mujer fría cuando ya había sentido tanto, aunque fueran sentimientos de otros.. Así que la princesa tomó una decisión: no iba a ser princesa nunca más!! Iba a seguir mirando, pero mirando de verdad, desde el corazón. A través del mismo cristal, pero no con los mismos ojos. No con ojos de princesa, con ojos de mujer, puros y llenos de sentimiento… 

Y esa mirada no tardó en atravesar el fino cristal, en traspasar el eterno ventanal que la había protegido, atrayendo miradas que nunca se habían fijado en ella, que nunca habían reparado en su presencia tras la ventana. Y de entre todos esos ojos sorprendidos que la observaban atentos destacaron unos ojos que ya no consiguieron apartar la mirada de la ya no princesa. El brillo inocente de la joven atrapó al viento la mirada más viva que ella había visto jamás, captó esos ojos perdidos y los abrazó entre los suyos. La energía entre estos dos seres sin rumbo empezó a derretir el fino cristal hasta romper en pedacitos esa capa que había protegido a la princesa, que había protegido su corazón. Y no hicieron falta palabras, todos los sentimientos ajenos que ambos habían acumulado durante su vida encontraron un destinatario perfecto, un alma con la que compartir esos sentimientos conocidos y con la que crear otros nuevos. 

Y así fue como el dragón enamoró a la princesa, o como la princesa enamoró al dragón.. Ese único ser valiente que no temió al cristal que los separaba y lo hizo añicos para llegar al corazón de esa mujer que ya no quería ser princesa.

 
 

jueves, 21 de abril de 2016

Las reglas del juego

Érase una vez una niña que soñaba con crear. Pasaba los días pensando en pintar el mar, en escribir mil aventuras, en darle alma a un espacio frío.. En convertir algo simple y aburrido en algo diferente y lleno de vida! Ese era su sueño!

Rodeada de mil ideas que danzaban sin parar en su cabeza empezó a crear su propia aventura. Vivía la vida como un juego, como la viven los niños puros, esos niños llenos de ilusión que aún no conocen el mal. El juego empezó bien, los juegos siempre empiezan bien! La verdad es que no se podía quejar porque la suerte le había sonreído con una buena mano, tenía cartas ganadoras! O al menos.. No creía que fuera a perder.. Disfrutaba jugando mucho más que ganando.. Así que el juego se convirtió en su ilusión. Sobre él vertía sus mil ideas, sus ganas de crear, sus deseos por hacer algo bueno y su esperanza por ayudar a otros con cartas peores en la vida. No era una niña perfecta, pero no conocía el mal. Y eso la convertía en alguien especial.. Pero también en alguien muy delicado y vulnerable.. Y eso no es bueno cuando no juegas solo..

Enlazaba una partida con otra. Y todas las iniciaba llena de ilusión y fuerza.. Incluso cuando le tocaron malas cartas siguió luchando por cambiar esa baraja, por darle la vuelta a una mala racha y esperar que el azar cambiara otra vez.. Pero el destino tiene esa mezcla de misterio y sorpresa que lo hacen imprevisible.. Así que el juego se convirtió en la partida más difícil de su vida. La niña estaba dispuesta a jugar, a luchar contra el destino travieso y a pelear con todas las armas que entraban en las reglas del juego. Pero lo que nunca hubiera esperado es que el resto de jugadores usara otras armas. El día en que se dio cuenta de que la ética, la justicia, la sinceridad, la honestidad y el respeto no formaban parte de las herramientas de sus contrincantes, fue el día en que creció. La dulce e inocente niña se dio cuenta de que había saltado del juego a la vida y que en la vida ni sus rivales ni sus artes para vencer eran las que permitían las reglas. Enfrentarse a personas inmorales, codiciosas, egoístas o simplemente vacías de valores hizo que esa niña creciera más deprisa de lo normal. Perdió esa inocencia tan dulce y se convirtió en una mujer fuerte y valiente.

Perdió la partida. Ganaron los malos. El juego cambió, la cambió. Pero nunca dejó de jugar. No fue su única batalla, tuvo que enfrentarse a adversarios deshonestos en muchas más ocasiones, pero nunca se dio por vencida. La esperanza y la fe en la bondad de la vida, en el bien, le dieron fuerzas para enfrentarse a esos malos. Y la convicción que te da el saber que nunca te has saltado las reglas y que juegas limpio la hicieron crecer sin perder la ilusión.

Me hicieron crecer sin perder la sonrisa.


martes, 12 de enero de 2016

Mis otros relatos..

En realidad no he escrito mucho hasta ahora.. Es algo que me ha gustado siempre, que me ha dado paz en momentos grises y me ha acompañado en momentos de risas sin fin. Vamos.. Que la escritura y yo somos viejas amigas.. Pero lo de este blog.. Eso ya es otra historia! Eso es una nueva aventura a la que me he lanzado. Y me gusta!! Quiero que me acompañe, que viaje a mi lado en esta vida. Pero, para eso, ha de ponerse al día, ha de conocerme y saber cómo era yo antes de "el blog".. Así que sigo lanzándome al vacío en este espacio y comparto con vosotros alguno de mis relatos cortos. Espero que os guste! Y sed buenos! ;)


MIL NUDOS (abril, 2014)


A veces pienso que la vida es como el cable de los auriculares…


Meto la mano en el bolso, los busco, pero se esconden. Los dejé en orden, pero los saco hechos un lío, con millones de nudos que no estaban ahí la última vez.

A mí me pasa igual… Creo que tengo mi vida bajo control, organizada, a salvo. Pero de repente me doy cuenta de que hay miles de pequeños enredos que se forman mucho más rápido de lo que tardas en deshacerlos. Muchos ni consigo vencerlos, se convierten en pequeños nudos que forman parte de mí y me acompañan en mi camino… Ese camino que nunca es recto, que querrías saber impaciente a dónde te llevará, pero que a la vez ese misterio te empuja a andar sin parar. Mis nudos forman parte de mí y creo que de alguna manera me señalan, no por dónde he de ir, pero sí por dónde no he de volver a girar.

Levanto la mirada de mi bolso y siento el sol caliente que me da en la cara a través de la ventana del bus. Disfruto de esa sensación mientras imagino con ilusión y curiosidad qué vendrá después, qué sorpresas me depara mi destino, dónde me llevará mi propio autobús.